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I

Imaginemos que hay un comentario, un texto o una obra de arte que leemos sin conocer a su autor/a. Nuestra relación con el texto estaría condicionada por nuestra experiencia, expectativas y maneras de pensar. Nuestra mirada/lectura nunca es neutral: es inevitable hacernos de una opinión, activar una subjetividad y generar asociaciones por añadidura. Somos cuerpo, historia y relación en constante movimiento.


Ahora bien: imaginemos que leemos el mismo comentario, texto u obra de arte que ya leímos, pero esta vez, se revela un nombre que lo firma. ¿Cómo es nuestra relación con el texto? ¿Cambia nuestra percepción del contenido? ¿Mantendríamos la misma posición? ¿Sería independiente el mensaje del emisor? ¿Tendría el mismo peso? En definitiva: ¿se puede generar pensamiento desde una «imparcialidad plena», distanciando el discurso del sujeto que lo produce, o estamos condicionados tanto por nuestra percepción individual, como por el conocimiento previo de su autor?


Así como la neutralidad, la imparcialidad es una táctica discursiva: no es un lugar al que accedemos, sino un efecto de clausura que ciertos discursos producen. Es una operación retórica que naturaliza una perspectiva particular haciéndola invisible. La objetividad se presenta con optimismo para aplacar el posible cuestionamiento a partir de la distancia con el objeto: por ejemplo, al sugerir nuestra imparcialidad sobre alguna cuestión, nos ubicamos por encima de ella.


Desde la afirmación más elemental e ingenua, hasta la construcción discursiva de carácter argumentativo, toda expresión constituye una extensión de nuestra subjetividad. Si bien es cierto que es posible establecer una distinción entre aquellas ideas cuya genealogía conocemos y aquellas que se incorporan a nuestro pensamiento sin que hayamos identificado su procedencia, su recepción siempre acontece desde una posición situada que incluye dimensiones temporales, afectivas y relacionales que exceden al sujeto individual.


II


Los mensajes pueden operar por sí mismos como unidades autónomas. Sin embargo, al margen del carácter operativo de las ideas, estas siempre surgen de un sujeto y necesitan de un soporte material y un medio para enunciarse. Las ideas toman cuerpo, lo ocupan como un médium que sirve como espacio en tensión y que nos confronta desde lo público.


En el texto «La muerte del autor», Barthes plantea que: «la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores»1. Si seguimos el hilo de Barthes, la escritura misma tiene peso en su carga lingüística y el significado del texto no recae exclusivamente en quién lo produce, sino en las múltiples lecturas que pueda propiciar en el lector.


Ahora bien, más allá de la idea/texto como unidad autónoma de conocimiento que puede funcionar al margen de su autor, ¿se debería obviar la intencionalidad con la que ha sido producido? Como «lectores», no decodificamos ideas ingrávidas: estas ideas que nos afectan son mucho más que oportunidades de afirmación de nuestros propios valores, ya que ocultan efectos, intenciones y agendas. Obviar la procedencia de un texto no omite su carga simbólica, sino que reduce la posibilidad de ampliar su significado.


La muerte del autor no elimina la relevancia de su procedencia, sino que la redistribuye: el texto gana autonomía y la procedencia funciona como multiplicador del sentido. El texto gana densidad, complejidad y resonancia cuando ampliamos sus capas de lectura: nos ayuda a pensar desde qué posición fue enunciada una idea, qué heridas, agendas y contextos lo atraviesan, y sobre todo, nos obliga a elegir una postura. Nos entrena para leer con menos ingenuidad. Así mismo, leer e interpretar un texto también nos deja al descubierto como lectores.


III


¿Podría un comentario existir por sí mismo fuera de contexto? Una opinión no vive en marcos sin gravedad: orbita alrededor de ciertos valores, maneras de pensar e intereses particulares. Se expresa a partir de una intencionalidad, fruto a su vez, de una reacción en cadena de ideas o acontecimientos que desconocemos. Una opinión no existe al margen del discurso ni del contexto en que se nos presenta.


Volviendo a la premisa inicial: Imaginemos que hay un comentario que viene acompañado de una voz que lo firma. Si nuestra posición es situada —y por consiguiente subjetiva—, ¿realmente podríamos ser imparciales sin dejarnos influir por la predisposición que tengamos del sujeto que la produce? Aquello que conocemos del emisor ya está operando, modificando nuestra disposición afectiva, activando asociaciones, movilizando historias previas. El problema no es la predisposición que un sujeto genera en nosotros, sino en **permitir que esas predisposiciones clausuren el encuentro con el texto**. Tanto a quienes nos generan rechazo como quien admiramos profundamente, nuestra actitud y postura en relación con el texto es crucial.


La imparcialidad de nuestra lectura puede ser una utopía útil como marco regulatorio y actitud ante el discurso: evitar destruir al sujeto, dialogar con las ideas, reducir la reacción automática que nos genere.


IV


¿Cómo leer críticamente sin clausurar el sentido de un texto? ¿Cómo disentir de una idea sin la anulación del otro como sujeto? El disenso no tiene por qué ser ajusticiamiento, pero tampoco debe evitar a toda costa la disputa, ni mucho menos obviar el cuerpo que la produce. Parece una obviedad, pero hay quienes no notan la distinción de que, rechazar radicalmente una idea no tiene que devenir en la negación de la humanidad de quien la sostiene, pero puede reconocer que no todas las posturas merecen el mismo tipo de respuesta hospitalaria.


Puede seducirnos la idea de aislar los mensajes que recibimos como unidades sin gravedad para facilitar la reflexión personal o el respeto a la persona, pero tampoco deberíamos omitir la intencionalidad con la que los textos se producen. Incluso hay ideas que no deben pensarse desde la pasividad, la ingenuidad o la complacencia, ya que, para entrar en tensión con ellas es inevitable un enfrentamiento. ¿Respetar al otro debería ser sinónimo de respetar aquello que dice?


Ciertas ideas demandan contraste, distanciamiento y ruptura. Ser realmente críticos no debería apostar a la destrucción simbólica del otro para legitimar la propia perspectiva, pero tampoco debe aspirar a evitar enteramente el conflicto. En ocasiones, el fetiche del diálogo puede operar como mecanismo de neutralización que relaja la criticidad en busca de la diplomacia: no siempre se debe respetar una postura ajena en favor al diálogo.


Mena, Claudio. (2025) «Estructuras discursivas; historias de un laberinto».
Imagen libre de derechos generada con Gemini (Nano Banana). Utilízala como te plazca



V


¿Dónde empieza y termina la responsabilidad de un texto? La responsabilidad se configura relacionalmente a partir de sus vectores: opera como red, no como propiedad. Un texto no «tiene» responsabilidad, sino que la activa a partir de múltiples factores como autor, lector, contexto, sociedad, instituciones, etc. La responsabilidad del texto no es un fin en sí, sino una actitud reflexiva en movimiento: emerge y se distribuye entre las partes.


En la dimensión texto/lector, la «responsabilidad interpretativa» como concepto aparenta cierta simetría—como si ambos existieran en un campo neutral donde el sentido emerge del encuentro. Pero esta simetría se rompe cuando reconocemos que algunos textos contienen estructuras retóricas de manipulación: no invitan a la interpretación plural, ni al diálogo, sino que construyen al lector que necesitan. ¿Cuántos comentarios intentan hacernos cambiar de postura, favorecer ciertos discursos o legitimar agendas? Pienso en cómo se ha cimentado el racismo en nuestra cultura y cómo se siguen repitiendo esquemas de esa naturaleza desde el lenguaje cotidiano. Un comentario «inofensivo», —un chiste, tal vez—, desprovisto de una «aparente» intención de destrucción, presentándose naturalmente como una obviedad, o apenas tan solo como un leve aliento de nuestra voz, termina siendo una microviolencia que se oculta. En todo texto siempre existe un poder-saber que se ejerce.


Para poder asumirnos como agentes cada vez más conscientes de la construcción de sentido en cuanto a los mensajes que recibimos y generamos, podríamos asumir una actitud activa ante la vida: pasar de la pasividad del consumo de los textos, al detenimiento y enfrentamiento con ellos. No todo lector tiene la facultad, las herramientas y/o el contexto para enfrentarse a ciertas propuestas. Quizá por esto sea tan fácil mover la balanza de la opinión pública en la prensa, cuando ciertas figuras mediáticas de autoridad distorsionan y manipulan la información, o que —para poner un ejemplo del mundo del arte—, los curadores se sigan presentando como las entidades definitivas en la mediación entre arte y público.


¿Qué significa desarrollar una actitud activa ante la vida? Significa desarrollar una disposición reflexiva que interrumpe la recepción automática de los estímulos que se nos presentan: es detenerse ante discursos, ideas y acontecimientos para examinar sus arquitecturas implícitas, identificar las intencionalidades que los movilizan, y reconocer sus posibles efectos materiales. Implica cultivar herramientas conceptuales para el diálogo —capacidad de vincular ideas, detectar patrones y leer entre líneas—. Es comprometerse con la profundidad: resistir la pasividad del consumo irreflexivo de información, construir criterio propio mediante el ejercicio sostenido de confrontar textos, ideas y realidades, y asumir responsabilidad por las posiciones que uno desarrolla y sostiene.


Como lectores, las ideas se nos presentan en un aquí y ahora. Nos enfrentamos al mundo de las ideas dominando apenas, algunos referentes conceptuales/contextuales. Es bueno preguntarnos en qué momento de nuestra vida nos llegan esos mensajes que moldean nuestro pensar y se acomodan en nuestro imaginario, y con qué contamos al dialogar con ellas. ¿Desde qué posición nos encontramos? ¿Con qué tanta apertura disponemos? Incluso sería oportuno reconocer la influencia que ejercemos nosotros.


En el engranaje de la significación, los textos se conviertes en dispositivos de dominación. Basta pensar nuestro pasado y las relaciones primarias de nuestro entorno más cercano para identificar aquellos discursos que hemos emulado y asumido sin cuestionamiento. Un buen lector se va formando a sí mismo en el ejercicio de pensar: aprende a descifrar aquello que se oculta, reconociendo que más allá del texto hay alguien que lo plantea y que el pensamiento es un músculo que hay que ejercitar.


—Claudio M. Mena Morillo. Diciembre, 2025.




Imágenes:


Mena, Claudio. (2025) «Estructuras discursivas; historias de un laberinto». Imagen libre de derechos generada con Gemini (Nano Banana). Utilízala como te plazca.




Referencias consultadas:


1. Barthes, R. (1987). La muerte del autor. En El susurro del lenguaje: Más allá de la palabra y la escritura (pp. 65-71). Paidós.